Rab Messina

Cada vez que Raúl López visita la enorme tienda de pacas que queda a la salida de Santiago, sobre la autopista Duarte, la gente que ya le reconoce la cara solo dice “llegó nuestro amigo de los países”. Ni ellos, ni las personas a quienes Raúl observa como inspiración con un interés casi científico en los alrededores de la Duarte en Santo Domingo, saben que ese muchacho de pelada rara y vestimenta extraña es el creador de Luar. Y Luar, el literal reflejo de Raúl —su nombre al revés—, es una marca de moda actualmente nominada por la CFDA estadounidense en la categoría de diseño de accesorios del año, cuyo autor fue elegido hace unos días como uno de los 100 líderes más influyentes del futuro global por la revista Time —sí, esa revista Time—. Y todo comenzó en Dominicana, la tierra que lleva en su ADN.

Su cartera Ana es un éxito de ventas. “Yo me di cuenta desde hace mucho de que en Estados Unidos hay mucha gente popi que quiere parecer ghetto y mucha gente ghetto que quiere parecer popi, y de eso se trata mi moda: es para todos”. Eso incluye tanto a las personas tradicionalmente abrazadas por la moda y a aquellos que no se consideraban atendidos por la industria. Por eso la lleva Dua Lipa en todos los colores y se la ponen con orgullo las fashionistas negras de Queens y Brooklyn. Pero ese objeto del deseo es en realidad un homenaje agradecido a las dos Anas que lo inspiraron a ser quien es hoy: su madre y su abuela, ambas dominicanas. La primera llevaba un maletín todos los días a su trabajo como costurera en una fábrica en Nueva York; la segunda solía ir a la iglesia con atuendos que ella misma se cosía, combinados con carterita tipo década de 1960. De ese maletín y esa bolsita salió Ana, una cartera de 300 dólares que es lujo para quien no puede costearse el lujo tradicional… porque Raúl sabe lo que es querer poseer un objeto hermoso y no poder pagarlo. “Ahí está la creatividad del dominicano que vive allá”, explicó en una entrevista telefónica desde Nueva York, camino a la Semana de la Moda de París. “Sienten la necesidad de verse bien, y como no pueden pagarse moda rápida como Zara o H&M, como el dominicano de aquí, consiguen ropa de paca y la llevan al sastre, o buscan 50 pesos de tela y se hacen su pinta. Es como dice Tokischa, que ‘me doy un flow de paca/ Me veo original/ Es la marca más cara que tú no vas a poder capear’. Tienen la capacidad de sacar algo increíble de la nada, y eso es algo que no se está apreciando. No podemos pararnos en Oscar De La Renta, porque hay mucho más. Allá hay una cantidad increíble de talento que el mundo tiene que conocer”. 

Eso está intentando hacer. Hace poco, Luar fue receptora de fondos de una incubadora de Kering, el grupo matriz de marcas como Bottega Veneta y Balenciaga, para marcas dirigidas por personas de color. Ahora Raúl quiere devolver el favor y ser el impulsor de la creatividad dominicana en el mundo. “Porque si yo pude presentarle dembow a Diplo hace más de 10 años, por MySpace”, dice medio en broma, “¿por qué no puedo hacer lo mismo por los creativos dominicanos? A donde sea que voy, sea a Londres o Tokio, suelo ser el único dominicano diseñador de moda. Eso tiene que cambiar. Estoy contactando diseñadores dominicanos en Santo Domingo y Nueva York para compartir todo lo que pueda con ellos, para impulsarlos y que el mundo reconozca nuestra capacidad creativa”.

Pero quizás el primer lugar donde debería suceder eso es aquí en Santo Domingo, tierra de Dior, Louis Vuitton y de los vestidos floridos y con vuelos, de marcas sudamericanas, que se han posicionado como la forma más aspiracional de llevar moda de lujo no eurocéntrica—. El miedo a ser tildados de negros y pobres le impide a muchos aventurarse a explorar otras formas mucho más auténticas de vestir como dominicanos. Si la industria de la moda quisqueyana de autor va a crecer, tiene que distinguirse narrativamente para ser competitiva a nivel mundial. Actualmente, según datos de ProDominicana, el 98 por ciento de las exportaciones de moda salen de zona franca; solo el dos por ciento es producto de los diseñadores locales. De ese dos por ciento, tres cuartas partes operan de forma informal, en su mayoría con menos de 10 empleados en una habitación desde sus casas. Los casos de éxito son pocos. Si la moda dominicana desea explotar globalmente, tiene que levantar todas sus voces… incluyendo las de personas como Raúl, un autodidacta cuyo acto de rebelión adolescente contra lo que se esperaba del macho dominicano era entrar colado varias veces por semana a la biblioteca del Fashion Institute of Technology y nutrirse de la historia de la moda, para entonces filtrarla a través de su realidad, del barrio y de la necesidad. Ahí, tal cual dice la revista Time, está el futuro de la moda.