«Todavía existe una idea profundamente arraigada de que para que un niño o niña respete hay que hacerle sentir miedo. El reto es demostrar, desde la familia, la escuela y la comunidad, que poner límites y ejercer autoridad no significa recurrir a la violencia«, con estas palabras Carlos Carrera, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), resumió el impacto de los hallazgos del Estudio sobre los determinantes asociados al castigo físico y la violencia psicológica contra niños, niñas y adolescentes en República Dominicana.

La investigación, realizada en los municipios de Boca Chica, Barahona, Haina y Yamasá, documenta una realidad en la que la violencia contra la niñez atraviesa distintos grupos sociales. Además, se mantiene bajo la justificación de corregir el comportamiento de los menores.

El estudio identifica una contradicción entre lo que las personas dicen y lo que hacen, lo que también se evidencia en los resultados de Enhogar 2025.

Mientras solo el 12.1 % de las madres y cuidadores considera necesario el castigo físico, al 54.9 % de los niños y niñas de uno a 14 años lo corrigieron mediante algún método de disciplina violenta. Esta proporción aumenta al 61.4 % entre los menores de tres a cuatro años, según la encuesta.

Violencia disfrazada

Llorar, hacer berrinches, negarse a peinarse o no querer realizar los oficios domésticos figuran entre las razones por las que niños, niñas y adolescentes reciben castigos. También se reporta el uso de la violencia cuando se niegan a cuidar a sus hermanos, cuando quieren jugar con juguetes considerados femeninos o cuando sus cuidadores entienden que van por «malos pasos».

La violencia física descrita en la investigación incluye golpes con las manos, como palmadas, galletazos, pescozones y puñetazos. Así como el empleo de objetos disponibles en el entorno. Entre ellos chancletas, varas, ramas, correas, mangueras, cables, peinetas, cucharas y platos.

«Son resultados sumamente duros. Nos duele mucho que sea de parte de los cuidadores«, advierte Anyoli Sanabria, representante adjunta de la entidad.

También se identificaron prácticas de castigo que obligan a los menores a permanecer de rodillas sobre superficies duras, en ocasiones durante horas y con objetos colocados encima.

Práctica aprendida

Entre los hallazgos, la investigación señala a la violencia como un comportamiento aprendido, reforzado y legitimado por la sociedad. Recibir castigos durante la infancia puede convertirse en una justificación para reproducirlos en la adultez, bajo la idea de que esas prácticas contribuyeron a la propia formación.

«El castigo sí tiene su importancia. Lo que veríamos es la magnitud del castigo. Por ejemplo, en el caso mío cuando hacía algo malo, mi mamá era con una vara que me castigaba, y le doy gracias al Señor. Hoy soy un profesional y le agradezco a ella esas correcciones», refirió uno de los encuestados.

A esta transmisión intergeneracional se suma la presión social. El estudio advierte que las expectativas del entorno pueden llevar a los cuidadores a castigar para demostrar autoridad y evitar que otras personas interpreten la ausencia de castigo como permisividad.

Así, la violencia no siempre desaparece, sino que puede cambiar de escenario o de modalidad. Las creencias religiosas también influyen más allá de la crianza, al intervenir en las concepciones sobre la autoridad, la obediencia y la formación moral.