
Practica el deporte de riesgo de jugar con los adjetivos, odia los gerundios, prepara dos nuevos compendios de poemas, publicará un poemario inédito de Luis Martín Gómez, habla del «problema del lenguaje» como núcleo constructor de su obra… Es vicepresidente del Banco Popular pero antes que nada y sobre todo, ejerce el oficio de poeta.
—Es fundador de la Generación de los 80, uno de sus máximos exponentes. ¿Podemos hablar de una Generación actual?
Es algo complejo, porque la generación de los 80 es un grupo de individualidades. No hubo una cohesión absoluta. Había distintas concepciones de la literatura. Compañeros del taller literario César Vallejo, que fue un ente nucleador, todavía entendían que la estética del realismo socialista era lo viable. Lo importante para ellos eran autores como Mario Benedetti o el Neruda del Canto General.
Había otros que tenían una concepción menos estereotipada de la literatura y hubo aquellos que entendimos que había que hacer un cambio. Y en cierta forma sí encabecé ese proceso, sin proponérmelo. Simplemente creía que el discurso poético que conocíamos y que estaba vigente en las generaciones del 60 y de la posguerra estaba agotado en sí mismo. Lenguaje coloquial, sin aspiraciones, ideológicamente cargado. Era la estética del autor comprometido, literatura de compromiso pero compromiso de orden ideológico.
—¿Compromiso con preceptos extraliterarios?
Yo decía «sí, hay un compromiso fundamental del escritor pero es con el lenguaje y con el pensamiento«. Ahí empezamos a desmarcarnos. Así se consolida esa generación de los 80 y el grupo que apuesta a la poética del pensar, que fue como yo mismo la llamé en su momento.
Pero… no hubo intención de aglutinar. Yo mismo estimulaba, aún en los programas que creaba en el César Vallejo, las individualidades. Nunca traté de colegiar nada pero finalmente, mismas lecturas, mismas propuestas, mismas formas de concebir el fenómeno literario en la escritura y en la lectura, nos fueron cohesionando. Yo creo que hoy hay jóvenes que individualmente están haciendo propuestas más revolucionarias, más disruptivas y más interesantes y sobre todo con una mayor conciencia de oficio, desde el dominio de la palabra hasta las lecturas.
—¿Conciencia de oficio?
Sí. Y al mismo tiempo pertenecen a algunos grupos. Te puedo mencionar algunos nombres como Luis Reynaldo Pérez, José Ángel Bratini, Bileisy Reyes, Lery Laura Piña… son nombres ya con obras publicadas. Pero hay un grupo que a mí me llama poderosamente la atención por el trabajo que viene haciendo, que es el de La Romana: La Escalera de Papel. Ese grupo tiene el compromiso de estudiar los movimientos literarios, no sólo del país sino universales. Eso ya los diferencia. Ha habido otros grupos anteriores como El Arañazo, ahí está Alexéi Tellerías y otros jóvenes. Está Neronessa también, que es una joven poeta importante. Creo que prevalecen las individualidades y eso me parece interesante también.
Lenguaje y pensamiento
—En la niñez se inclina por el arte. Luego por la filosofía y la literatura. ¿Cuánto hay de filosofía en su poesía?
Para mí el poema es un concreto de lenguaje y pensamiento. Si fuéramos a medir, yo diría que 50-50. Creo que lo interesante es abrir la posibilidad de que la poesía y la filosofía no tengan que estar divorciadas. ¡Las primeras manifestaciones escritas filosóficas eran poemas! Heráclito, Parménides… la Gigantomaquia. Luego, en los diálogos de Platón hay una combinación de filosofía y literatura. Son diálogos poéticos. Pero se trata de explicar la filosofía racionalista de Sócrates y entonces Aristóteles dice «no, aquí hay que organizar las cosas: La poética es esto. La metafísica es esto. La física es esto. La retórica es esto». Y va separando.
A partir de ahí se crea toda una tradición de ver las cosas un poco o bastante distanciadas, Baumgarten escribe ya un tratado donde plantea la posibilidad de que haya un acercamiento entre esas dos formas expresivas. Más recientemente, María Zambrano reflexiona y le da especificidad a cada uno. Y yo digo, ¿pero no hay filosofía en unos versos de Lezama Lima? O los aforismos de Roberto Juarroz, que son hasta estructuras filosóficas silogísticas.
—Siguiendo el hilo de su pensamiento, diríamos que son dos ramas de la manifestación del espíritu.
Totalmente. Y al final, lenguaje y pensamiento. Y por eso yo apuesto mucho al credo poético de Unamuno: «Piensa el sentimiento, siente el pensamiento«. Y «Recuerda, en lo pensado está lo sentido». Para mí lo importante es entender primero que la literatura, la poesía, la novela, el cuento, tienen como problemática central el lenguaje. Es tu materia prima. Es lo que tienes que trabajar y mucho más si tratas de innovar.
—¿Queda algo por innovar en el lenguaje?
Siempre habrá. Porque el lenguaje, en su relación con la lengua como sistema de símbolos son entidades vivas. Y conforme van cambiando irán abriendo posibilidades expresivas. Es verdad que Cervantes está ahí y que encontramos todo un universo en el Quijote. Pero si de ahí pasamos a literaturas más recientes, ese universo va en constante expansión.
—Entre los puristas que quieren una RAE más severa y los partidarios de recoger cuanto término se invente la calle… ¿cómo se posiciona?
Yo adoptaría una tesis intermedia. Porque no puede ser el extremo de una desregulación total pero tampoco puede ser una capilla. Repito, la lengua es una entidad viva y la hacen los usuarios de la lengua. Yo tengo algunas experiencias propias, digamos, en ese sentido, porque me he inventado palabras.
—¿Por ejemplo?
Una vez, Diógenes Céspedes, mi querido y admirado maestro, me pide unos poemas para su revista Cuadernos de Poética. Y se encuentra con un adjetivo que dice tal cosa es «insombre». Me dice «¿qué es esto que no lo encuentro en ningún diccionario?». No lo vas a encontrar porque yo me lo inventé. «¿Y cómo tú haces eso? La lengua no es eso». Digo, claro que sí. ¿Qué me lo impide? Y así aparecen algunos verbos conjugados de manera no convencional. En la poesía existe la licencia poética, en el lenguaje creativo en sentido general, y yo hago uso de ello. Del sustantivo otoño la norma te da la posibilidad de decir otoñar. Pero a mí me gusta más otoñecer. Y lo he adoptado… porque además suena mejor en la estructura fónica del verso.
Feria del Libro
—35 editoriales en esta Feria. ¿Por fin hay interés internacional por la literatura dominicana? ¿Hay una política detrás?
Sin duda hay interés y no hay política pública detrás. Han sido individualidades que han provocado y promovido eso. Con toda humildad, cuando me publicó Bartleby la primera vez, me propuse abrir un camino para la poesía dominicana. Cuando lo hizo Visor, estoy hablando de los años 99, 2000, también. No se trata solo de mí. Se trata de que se conozcan la poesía, la literatura dominicanas. Pedro Vergés, con Solo cenizas hallarás, gana dos premios importantes en España en 1980 y 81. ¿Qué pasa de ahí en adelante con la narrativa dominicana? No pasó mucho. Pero yo quise que con la poesía fuera distinto y creo que lo hemos ido logrando. El último paso importante se está dando con Huerga y Fierro, que sí ha apostado a conocernos, a compenetrarse con nosotros y a interesarse por la narrativa, el ensayo, la poesía.
—¿La cultura debe ser asunto del gobierno? ¿Cultura subvencionada?
Creo que de ese interés debería derivarse una política del Ministerio de Cultura y de Educación para apoyo a esos autores y que haya acuerdos con las editoriales que vienen. No soltarnos a nuestra propia suerte. Yo me resisto a la idea de que se lea menos. Fíjese en el éxito que ha representado para el país la iniciativa de la Fundación René del Risco. Mar de Palabras es un éxito completo. Eso ha abierto una senda nueva a la literatura dominicana.
Recuerde aquella expresión de Juan Ramón Jiménez. «La poesía es el arte de la inmensa minoría», dice él. Siempre se habla de élites, pero yo prefiero la expresión nietzschiana «aristocracia del pensamiento«.
—¿En el país hay editores o impresores?
Creo más en lo segundo. Lo digo porque en definitiva, los autores en su mayoría tienen que pagarse su edición. Hay un intento interesante que es el de Santuario con Isael Pérez a la cabeza. Creo que es meritorio. Él edita los libros, le das el libro, él lo publica. Y además, a toda las ferias regionales lleva los libros de esos autores.
—Dicen que usted es muy disciplinado.
Sí, creo que la disciplina es fundamental para poder construir una obra. No dejo nada al azar. Yo creo que no siempre tienes que retarte para escribir. Si, como yo, te levantas a las 4:00 a.m. y entiendes que lo que vas a hacer en ese momento es leer, pues te sientas a leer. Pero siempre he creído que la lectura es un motor que genera escritura. Cuando a mí me preguntan, ¿qué recomienda a los jóvenes? Les doy una fórmula muy simple. Por cada línea escrita tiene que haber mil leídas. Esa es la única garantía de que lo que vayas a hacer quede más o menos bien.
¿Tacha mucho?
Sí. En eso sigo tajantemente la recomendación de Guillermo Cabrera Infante. Él dice que «literatura es tachar.» Lo que más detesto son los gerundios, no puedo vivir con ellos.
Me encanta trabajar los adjetivos y tengo muy presente siempre aquel dictamen de Huidobro: «El adjetivo, cuando no da vida, mata», lo cual es totalmente cierto. Pero a mí me encanta caminar por ese peligro. Y a mí me enseñó eso Pablo Neruda, que lo aprendió de Quevedo. Neruda tiene a veces tres adjetivos que modifican un sustantivo. Me parece una genialidad. Caminando como un funambulista, vas por ese hilo y si resbalas un poquito te caes. Pero cuando tienes conciencia de eso sabes que estás experimentando con el lenguaje. Y así es como tienes que verlo. La poesía no comunica. La poesía es.
—¿Quién le corrige su trabajo, cómo se corrige a un poeta?
Yo diría que somos incorregibles. Tenemos la solidaridad, que yo creo que es un elemento propio de la interacción entre los poetas, por lo menos en nuestro país. Es decir, yo leo muchos libros que todavía no han llegado a la imprenta. Lo envía un amigo, una amiga y te pide que lo leas y comentes. Entonces yo me lo tomo en serio realmente. Lo leo. Les hago comentarios. Y bueno, los acepten o no, ahí está mi opinión. Igual le mando un libro inédito mío, por ejemplo, a mi supervisor por excelencia que es Plinio Chahín. Él me manda lo suyo con Basilio Belliard. Mateo Morrison también intercambia con nosotros. Pero el poeta no tiene un editor. Porque además el poeta pelearía por una línea. Se mataría a duelo por una coma.
—Cuando revisita sus primeros poemas ¿se reconoce en ellos? ¿siente la evolución?
Sí, es una evolución intencional. Yo he tratado de que mi expresión poética toque distintos aspectos de la concepción misma del poema. Es decir, del problema del lenguaje.
Y por supuesto con los temas y con las referencias. Hay libros míos, sobre todo de esa etapa inicial en que yo estaba evangelizando sobre la poética del pensar, que quizás son conceptualmente densos. Luego intencionalmente fui haciendo un viaje hacia la claridad. A tener imágenes más plásticas. Táctiles, si quiere. Y tocar temas que, sin abandonar la idea de la relación íntima entre pensamiento y lenguaje, pensamiento y poesía, tratara temas hasta familiares. Tengo un poema o dos a mi padre, en que lo exalto a él pero es una reflexión sobre la muerte. O un poema a mi madre pero es una reflexión sobre la vida y sobre la relación del amor filial. Por ejemplo, me propuse en Criatura del Aire escribir poesía erótica. Si un novelista puede describir en unas cuantas páginas, una relación íntima entre sus personajes, ¿por qué los poetas no? Voy tratando intencionalmente de que cada libro tenga su propia especificidad expresiva y conceptual.
—Dice «el problema del lenguaje»… ¿cuál es ese problema?
Es que lo veas como un problema. Es que si eres escritora no puedes ver en el lenguaje el instrumento de comunicación como lo ves como periodista. Es una gran diferencia. Yo tengo que verlo como un instrumento con el cual puedo crear. No solo comunicar.
—Es una diferencia abismal.
Claro. Me permite jugar del modo en que juego, por ejemplo, con la estructura del poema.
A veces un bloque, a veces la arquitectura tradicional. Si uso mayúsculas, si no uso. Si quebranto la sintaxis o si no la quebranto.
—¿Escribir un poema es tomar decisiones cada dos segundos?
Así es. Y por eso digo, es ver el lenguaje no como algo dado. Por supuesto, la lengua es una entidad social y yo la recibo a través de mi proceso de formación. Pero veo en ella la posibilidad de, como decía Umberto Eco, amueblar un mundo para escribir una novela.
Yo digo de crear un mundo a través del poema. Es algo que debemos a Vicente Huidobro. «Haz que la rosa florezca en el poema.» Si te colocas en la tesitura de que tu propia lengua y el lenguaje como posibilidad son una materia con la cual o con las cuales puedes reinventar el mundo, entonces sí es poesía.
—¿Es más difícil hacer poesía con rima, con estructura clásica?
Diría que es cuestión de oficio. Cuando yo era estudiante de bachillerato y estudiábamos la retórica, las figuras de pensamiento, las figuras de palabra, el entonces director del Colegio Agustiniano Central en La Vega, el padre Paco Rodríguez dijo en el aula, «hoy hemos leído sonetos de Quevedo, del Siglo de Oro español. Mañana Jochy Mármol trae un soneto». Claro, yo venía ya interesado y me leía mis autores, pero sentarme a escribir un soneto… Pues lo hice y a partir de ahí yo hacía tantos juegos con eso que mis compañeros decían que yo hablaba en endecasílabos hasta en las discusiones sobre baloncesto. Por el oficio yo los transcribía, incorporar la estructura fónica, la prosodia, el acento de cada uno..
Si estás en el oficio, te es fácil, pero ahora me costaría muchísimo.
