
El doctor Félix Antonio Cruz Jiminián llega a la entrevista con un cabestrillo en el brazo derecho y en la otra mano un pequeño bulto de médico, de esos demasiado cliché para parecer ciertos. «Siempre ando con él», advierte.
Dentro lleva un estetoscopio y medicamentos, pero también herramientas. Es la continuación de una manera de trabajar que no distingue demasiado entre la medicina y cualquier problema que pueda resolver con las manos. Durante su vida ha hecho de albañil, constructor, carpintero y jardinero de sus propios proyectos.
El hombro lesionado tampoco parece reducir demasiado su ritmo.
Se mueve con agilidad por las áreas de su centro médico en Cristo Rey. Entra en departamentos, llama empleados, se detiene frente a pacientes y explica cómo funciona cada servicio. Su presencia cambia por momentos el ambiente de los pasillos. Algunos pacientes sonríen cuando lo ven. Otros lo aplauden.
Cruz Jiminián recibe las demostraciones de afecto y continúa caminando.
Es el resultado de más de cuatro décadas de trabajo social que comenzaron en condiciones mucho más precarias que las actuales: un pequeño espacio, una camilla fabricada por él mismo y el propósito de ofrecer consultas a personas que no podían pagarlas.
Todavía cuida de aquella camilla con orgullo dentro de su consultorio. Recuerda que allí recibió a la primera paciente, a la que le cobró dos pesos.
El proyecto creció hasta convertirse en el complejo médico que dirige actualmente y que él define como un centro de cuarto nivel por la variedad y complejidad de los servicios que ofrece. Al mismo tiempo, su fundación sostiene 17 programas sociales, cuatro ambulancias comunitarias, comedor, odontología, vacunación, atención de pacientes con tuberculosis, operativos médicos y cirugías gratuitas.
Pero esa vocación también produjo deudas.
Cruz Jiminián contó que la clínica llegó a acumular compromisos superiores a 350 millones de pesos y estuvo embargada por una entidad bancaria.
«Eso llevó a la clínica a esta situación, de más de 350 millones de pesos», recuerda. Asegura que el centro ha conseguido superar esa etapa «Ya no está embargada por los bancos. Ya, gracias a Dios, estamos libres«, afirma.
Las pérdidas, sin embargo, las interpreta como parte del costo de una decisión que tomó hace décadas: atender a personas aun cuando no pudieran pagar.
Ahora quiere llevar esa filosofía a lo que considera el último gran proyecto de su vida.
Morir pobre
Cruz Jiminián habla del Hospital de la Dignidad a partir de escenas que asegura haber presenciado durante décadas de visitas médicas en barrios.
El galeno asegura haber visitado pacientes en más de mil sectores y callejones del país. Habla de viviendas improvisadas, calor extremo y familias que no tienen capacidad para comprar siquiera un tanque de oxígeno.
«¿Tú sabes lo que es conseguir un tanque de oxígeno? Una gente pobre no lo consigue», dice.
Según explica, además del depósito o contrato requerido por los suplidores, el oxígeno se consume rápidamente y volver a llenar el cilindro significa otro gasto.
Un paciente acostado sobre una cama improvisada debajo de un zinc. Calor. Familiares llorando fuera de la vivienda. Una persona que no puede orinar porque nadie puede colocarle una sonda. Un enfermo inmóvil que necesita ser limpiado y cambiado constantemente. Con llagas en la espalda «El paciente con dolor desesperante, mortífero. No hay quien le ponga una solución», relata.
«Para esos pacientes es el Hospital de la Dignidad«, precisa.
El doctor considera que existe un vacío cuando los hospitales determinan que un paciente ya no tiene posibilidades de recuperación.
Menciona personas con cáncer terminal, accidentes cerebrovasculares irreversibles, cardiopatías avanzadas, enfermedades renales y fallos multiorgánicos.
Asegura que diariamente pacientes en esas condiciones son dados de alta para regresar a sus hogares. «Todos los días aquí en este país despachan 15 a 20 pacientes«, afirma aunque no dispone de una estadística nacional, cree que puede estar subestimando la situación, dice.
Un sueño de hace 35 años
El médico explica que piensa en un hospital de este tipo desde hace unos 35 años.
Sitúa uno de sus primeros reclamos públicos en 1995. En aquel momento, recuerda, reclamó dos instalaciones: un hospital infantil y otro para personas con enfermedades terminales.
«Yo dije que había que hacer un hospital infantil y un hospital de enfermedades terminales«, cuenta.
El primero respondía a la falta de infraestructura pediátrica que veía entonces.
El segundo tenía otro propósito. «Un hospital de enfermedades terminales, donde la gente pueda morir con dignidad«.
El proyecto nunca se concretó. «Ese fue un sueño de hace 35 años. No pude realizarlo», dice.
Donó el terreno
Cruz Jiminián dispone de un terreno de 7,000 metros cuadrados en el que comenzó a trabajar personalmente hace años. La propiedad tenía un destino completamente distinto.
Cuenta que la cercó poco a poco y que él mismo participaba en los trabajos durante los fines de semana.
«Yo mismo poniendo bloques, todos los domingos y los sábados cuando salía de acá», relata. También comenzó a llenarla de árboles.
Calcula que plantó alrededor de 800 frutales. «Hacer un hoyo yo con mi mano. Los 800 árboles fueron sembrados con esta mano», manifiesta.
«Ese terreno que yo tenía para descansar mis últimos años de vida» será convertido en el Hospital de la Dignidad, explica.
Los árboles tendrán otro propósito: formar parte del entorno donde los pacientes pasarán sus últimos días.
El cambio comenzó, según su relato, con la visita de Felipe Ángel, a quien vincula con una institución estadounidense.
Cruz Jiminián se encontraba enfermo y recuperándose de una neumonía y de la lesión en el hombro cuando recibió la visita.
«Me dijo: ´Yo te voy a enviar 100,000 dólares´. Yo pensaba que era mentira», recuerda.
Un donativo terminó el sueño
El cambio comenzó, según su relato, con la visita de Felipe Ángel, a quien vincula con una institución estadounidense.
Cruz Jiminián se encontraba enfermo y recuperándose de una neumonía y de la lesión en el hombro cuando recibió la visita.
«Me dijo: ´Yo te voy a enviar 100,000 dólares´. Yo pensaba que era mentira», recuerda.
Una semana después, asegura, recibió los primeros 100,000 dólares . Posteriormente llegaron otros 100,000 dólares.
«Es decir, que Felipe Ángel, de esa institución, ha mandado 200,000 dólares«, relata.
A partir de ahí comenzaron otros aportes.
Cruz Jiminián menciona contribuciones de 100,000 pesos y varias de 500,000 pesos. Calcula que, sumando los 200,000 dólares y las donaciones locales, dispone de algo más de 13 millones de pesos.
La primera etapa necesita considerablemente más.
«Para la primera etapa, 32 millones«, precisa.
Todavía faltarían alrededor de 19 millones de dólares para alcanzar esa cantidad.
«Ya se está trabajando«, asegura.
17 habitaciones para comenzar
Cruz Jiminián evita imaginarlas como habitaciones tradicionales de hospital. «Vamos a empezar con 17 habitaciones separadas, como si fueran pequeñas cabañitas«, explica.
Cada una tendría la habitación del paciente, una pequeña sala destinada a los familiares, cocina y un patio. «Para que el paciente muera con dignidad. Para que no pueda ver al que está al lado sufriendo y muriéndose», explica.
El complejo también necesitará comedor, lavandería, emergencia, áreas comunes, terraza, cisterna, suministro de agua, transformadores y otras infraestructuras.
Por eso, señala, las primeras 17 unidades son las más costosas. «Se lleva 32 millones de pesos. No es mucho», afirma.
El cálculo incluye no solamente las habitaciones, sino toda la infraestructura inicial necesaria para que el hospital funcione.
Cómo mantenerlo
Construir el hospital es solamente una parte del problema. Después habrá que financiarlo.
Cruz Jiminián pretende buscar acuerdos con las administradoras de riesgos de salud para conseguir una cobertura mínima por cada paciente atendido.
Calcula preliminarmente unos 25,000 pesos mensuales por habitación. También está buscando padrinos permanentes.
«Instituciones que se comprometan a darnos 20 mil pesos por habitación para cuidar a nuestros pacientes«, explica. Reconoce que esos recursos probablemente no cubrirán completamente los gastos.
«Hay muchos gastos: limpieza, detergente, energía, teléfono», enumera. Su estrategia vuelve entonces a una habilidad que admite sin complejos. «Yo sé pedir«.
