Mientras las llamas consumían la sucursal de L&R Comercial en la Marginal de la Autopista Las Américas, en Santo Domingo Este, el pasado sábado 1 de agosto, otro fenómeno ocurría a pocos metros del trabajo de los bomberos. Decenas de personas aprovecharon el caos para ingresar al establecimiento y salir con neveras, lavadoras, televisores, abanicos y otros electrodomésticos.

La Policía Nacional detuvo a 17 ciudadanos en flagrante delito y recuperó más de 170 artículos, además de un monitor y una escopeta pertenecientes a la seguridad del negocio.

Las imágenes de ciudadanos huyendo con mercancías reavivaron una pregunta que trasciende este caso. ¿Qué lleva a una persona a cometer un robo en medio de una emergencia?

Para sociólogos, psicólogos y juristas consultados, la respuesta no tiene una sola explicación. En el fenómeno convergen factores sociales, emocionales, culturales y legales que ayudan a entender, mas no justifican, un comportamiento que suele repetirse durante incendios, accidentes y otras situaciones de crisis.

Anomia  

Uno de los conceptos que aparece con mayor frecuencia entre los especialistas es el de anomia situacional.

El sociólogo Joel Arboleda explica que, cuando ocurre un desastre, las normas que regulan la convivencia cotidiana se debilitan de manera temporal. La atención de las autoridades se concentra en controlar la emergencia y desaparecen muchos de los mecanismos de vigilancia, no solo policiales, sino también los ejercidos por la comunidad.

Sin embargo, Arboleda sostiene que sería un error interpretar estos hechos como simples actos irracionales. A su juicio, quienes participan en los saqueos realizan una racionalización colectiva que reduce el peso moral de sus acciones.

«Entre los argumentos que suelen aparecer figuran la percepción de que la empresa afectada tiene suficiente capacidad económica para absorber las pérdidas, la creencia de que un seguro cubrirá los daños y la idea de que, si muchas personas están haciendo lo mismo, la conducta deja de percibirse como incorrecta».

La socióloga Alexandra Vilorio coincide en que existe un cálculo de costo-beneficio, aunque incorpora un componente estructural. Señala que el contexto económico de muchas comunidades influye en la valoración que las personas hacen de determinados bienes de consumo. En sectores donde acceder a electrodomésticos representa un esfuerzo económico considerable, un hecho extraordinario como un incendio puede ser interpretado por algunos como una oportunidad única.

«El costo de transgredir la norma se percibe menor que el beneficio esperado», resume.

Por otro lado, el sociólogo Domingo Matías, explica que la multitud también modifica la percepción individual de lo permitido. «Cuando una persona observa que otras toman mercancías sin consecuencias inmediatas, la acción deja de verse como un delito aislado y comienza a asumirse como la nueva norma aceptable dentro de esa situación excepcional».

En ese escenario, explica, el peso moral de la conducta se diluye entre el grupo y la culpa individual pierde intensidad. A ello se suma la brecha existente entre las aspiraciones de consumo y las posibilidades reales de acceso a determinados bienes, lo que convierte la emergencia en un atajo para obtenerlos.