MAIQUETÍA. La Guaira es para Venezuela lo que Boca Chica representa para República Dominicana.

Una franja costera donde el mar representa un todo. Hoteles, restaurantes, pescadores, vendedores ambulantes y familias que dependen del turismo. La mayoría de quienes llegan a esta región lo hacen por el azul intenso del Caribe.

Los Corales, Puerto Escondido, Macuto, Playa Los Ángeles y Playa Caribito.

Durante décadas, esos nombres evocaron vacaciones, procesiones de Semana Santa, tambores afrovenezolanos y el principal puerto marítimo del país. La Guaira era la puerta de entrada para buena parte de quienes visitaban Venezuela.

Hoy es muy diferente.

La región sufrió una destrucción masiva tras los terremotos del 24 de junio. La licuación del suelo y el colapso de decenas de edificios transformaron para siempre el paisaje. Pero la devastación más profunda no es la que aparece en las fotografías.

Sus habitantes viven atrapados en una especie de duelo ambiguo. El que ocurre cuando no aparece el cuerpo de un ser querido y la herida, terca, se niega a cerrar.

En shock

Hay mucha gente en el estadio Juan Guillermo Guzmán de La Guaira. Calculamos unas sesenta familias.

No hay niños jugando béisbol. Tampoco se celebra ninguna «caimanera» ni torneo comunitario. Los espacios que antes reunían a deportistas hoy albergan personas que lo perdieron todo

Sobreviven.

Allí también opera un hospital móvil instalado por República Dominicana, donde médicos y personal sanitario atienden cada día a cientos de pacientes y ofrecen apoyo psicológico a quienes intentan procesar lo ocurrido.

Entre ellos está Roger Fuentespescador. Cuando intenta describir el terremoto recurre a una imagen sencilla. «Como un dominó sobre una mesa. Cuando usted mueve una ficha, así mismo se movía todo».

Hace una pausa.

«Pero no era que se movía para los lados. Esto brincaba. Uno quería sostenerse y no podía. Corría y se caía. Las casas rebotaban. Los carros rebotaban».

En sus ojos todavía permanece el miedo. «Nadie se esperaba esto».

Gracias a una vecina que le avisó, supo que algo ocurría. «Y cuando salí del apartamento, todo se vino abajo».

Las paredes estallaron.

Roger vivía en un primer piso. Su hermano se encontraba en la ciudad de Macuto cuando ocurrió el desastre. Sobrevivió, aunque sufrió fuertes golpes en las piernas y todavía está en el hospital.

Ahora Roger debe empezar de cero. No solo perdió su vivienda.

Perdió vecinosAmigos de toda la vida. Compañeros de pesca y de deportes.

Todos vivían en una torre que desapareció. «Esto quedará para la historia de nuestros hijos. Yo no se lo deseo a nadie«.

nadie.

Por fortuna, sus hijos no estaban en casa. Uno estaba en la universidad y otro trabajando. «Esto fue un castigo muy fuerte de la naturaleza«.

El estadio Juan Guillermo Guzmán no es el único refugio habilitado. También reciben desplazados el Polideportivo José María Vargas, en Maiquetía, y el estadio Jorge Luis García Carneiro, en Macuto. Las autoridades y organismos humanitarios calculan que existen decenas de refugios distribuidos por todo el estado.

En algunas avenidas, incluso, familias enteras levantaron carpas improvisadas.