
Desde hace más de dos décadas, el politólogo Steven Levitsky estudia cómo los sistemas democráticos se erosionan, cómo las instituciones se vacían desde dentro y cómo líderes electos debilitan los mismos contrapesos que les permitieron llegar al poder.
Profesor de la Universidad de Harvard y una de las voces más influyentes de la ciencia política contemporánea, Levitsky se convirtió en referencia global tras la publicación, junto a Daniel Ziblatt, de «Cómo mueren las democracias», un libro que anticipó buena parte de las tensiones que hoy atraviesan Estados Unidos y América Latina.
Su trabajo más reciente, «Revolución y dictadura», escrito junto a Lucan Way, mira hacia regímenes como los de China, Irán o Cuba nacidos de la violencia revolucionaria y diseñados para mantenerse sin importar qué, cómo o quién.
Levitsky habla con franqueza. Sin romanticismos.
En momentos en que la polarización, el desencanto ciudadano, el avance de liderazgos autoritarios y la disputa geopolítica entre Estados Unidos y China reconfiguran el mapa político global, sus reflexiones resultan pertinentes para América Latina.
El experto visitará la República Dominicana para participar en la conferencia magistral «El Estado de la Democracia en el Mundo y las Implicaciones para la Economía Global», organizada por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra.
—Hablar del estado de la democracia obliga a mirar hacia Estados Unidos. ¿Cómo interpreta el momento político que vive su país bajo el regreso de Trump a la Casa Blanca?
Elegimos un gobierno autoritario que está erosionando las instituciones de la democracia. A un punto en que uno podría decir que dejó de ser —por primera vez en más de 50 años— una plena democracia. Un poco más como la República Dominicana en los últimos años de Balaguer.
Muchos analistas subestimaron a Trump después de 2016. Sin embargo, no sólo sobrevivió políticamente, sino que regresó al poder en 2024 con una base social todavía más radicalizada.
Estados Unidos, un país fundado y dominado durante 200 años por blancos cristianos, hizo una transición hacia una democracia multiracial y multicultural. Sobre todo los hombres blancos protestantes sienten que el país en que crecieron ya ha sido tomado y eso generó un nivel de frustración, miedo y rabia bastante alto.
Ese descontento se vio en todo el mundo democrático después de la pandemia con el auge de las redes sociales.
El electorado que quizás no lee los diarios todos los días, no piensa mucho en política, ni tiene una ideología clara, ve que los precios suben y está descontento. Votó por la oposición y la opción fue Trump.
[Hay] una idea del excepcionalismo americano, de que hay algo en la Constitución o en la cultura, en el ADN, o quizás en el agua, que nos hace inmunes al autoritarismo. Creo que por esta razón subestimamos la amenaza.
—América Latina vive hoy sociedades fragmentadas que desconfían de la política tradicional. ¿Por qué la polarización ganó tanto terreno?
Es una polarización muy rara. En Estados Unidos es real y tiene que ver con la identidad nacional y la transición a la democracia multiracial. En América Latina es extraño, sobre todo si uno compara la política y los gobiernos de hoy con la región de hace 50 o 60 años.
Antes la izquierda era una izquierda de verdad. La izquierda de Bosch en los 60, de Allende, de Castro, una que hablaba de expropiación de propiedad, de reforma agraria, de terminar con el capitalismo.
Uno puede estar de acuerdo o no, pero eso sí es una posición polarizante. Hoy en día no hay nada de eso.
La polarización hoy en día, en gran parte de América Latina, es más online que real.
—Desde su regreso a la Casa Blanca en enero, el presidente Trump conserva un apoyo mayoritario en el Congreso, hasta el punto de obtener victorias legislativas muy significativas. Estamos a pocos meses de las elecciones de mitad de mandato de 2026 y no siempre le va bien al partido que controla la Casa Blanca. ¿Cuál es el ambiente ahora con respecto a los comicios del 3 de noviembre?
Por primera vez en la historia moderna hay incertidumbre alrededor de las elecciones.
Comparable a [lo que pasó] en República Dominicana al principio de los años 90 con Balaguer. Se cree que podrían intentar utilizar las fuerzas de seguridad para amenazar a los votantes, sobre todo votantes latinos, y usar el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de Estados Unidos para desmovilizar al electorado latino.
Hay temores de que pueden intentar cambiar las listas de votantes con la idea de que puede haber votantes ilegales. Declarar un estado de emergencia e intentar cancelar elecciones en algunos lugares.
Hay cierta preocupación de que denuncien un fraude y no permitan que los congresistas elegidos entren al congreso.
No es probable ninguna de esas cosas.
Pero por primera vez en mi vida —y tengo casi 60 años— hay preocupación de que la elección podría no ser libre y justa.
—En República Dominicana hay cuestionamientos sobre la cercanía del gobierno con la administración Trump y sobre decisiones vinculadas a cooperación militar, migración y alineamiento diplomático. Algunos sectores entienden que el país cede demasiado espacio estratégico a Washington. ¿Cómo interpreta esa relación tan desigual?
Por la falta de democracia y por la erosión de la institucionalidad en Estados Unidos, lo que tenemos hoy en día es un gobierno muy personalista, donde el carácter de Trump y sus deseos pesan demasiado.
En una democracia el presidente es importante, pero escucha a sus ministros, sus asesores, trabaja con su partido, con el Congreso. En Estados Unidos, aunque suena chocante, ya no es así. Trump hace lo que le da la gana. No quiero exagerar, pero el gobierno se porta un poco como el gobierno de Trujillo.
Trump es de la vieja escuela imperialista. No cree en la soberanía de los países pequeños. Cree que en la vieja ley de la selva en la cual los poderosos pueden hacer lo que quieren con los países chiquitos.
Hace bullying. Y está dispuesto a atacar con fuerza militar o hacerle la guerra económica a otros países.
Entonces, es triste, es lamentable, es criticable, pero se entiende porque los gobiernos dicen: «No quiero meterme con Trump, no quiero que cause una crisis económica, etcétera. Le voy a dar lo que quiere».
Entonces, terminamos haciendo concesiones que son realmente humillantes, pero Trump es un bully de la vieja escuela.
No cree en cosas como instituciones o normas internacionales.
Y un gobierno de un país pequeño que enoja a Trump, corre el riesgo de sufrir tremendas consecuencias.
Es una situación que como norteamericano me da pena y vergüenza y espero que acabe en tres años.
