AFP

París, Francia

Por las mañanas, Eli Jadelot vende pastelitos en una panadería parisina. En las tardes, se saca el delantal y se viste de novia, para cantarle a los atareados viajeros del metro.

Jadelot forma parte del «selecto» grupo de 300 músicos ambulantes que tienen permiso oficial para cantar en los pasillos del transporte subterráneo parisino.

«No lo veo como un trampolín, sino como otra manera de hacer música, en un ambiente diferente», explica esta mujer de 39 años, que se mudó a París hace 16, con la esperanza de ganarse la vida como actriz.

«Quiero ver cómo me desenvuelvo en un lugar donde la gente simplemente está de paso. ¿Se fijarán en mi, o no?» explica, mientras se prepara para cantar sus propias composiciones en la estación de Saint-Lazare, una de las más transitadas de toda Europa.

Ante la explotación de músicos aficionados -algunos sin mucho talento- la compañía pública que gestiona el metro de París (RATP) tuvo hace 25 años dar permisos a un máximo de 300 aspirantes.

Cada seis meses, un jurado compuesto de trabajadores de la RATP escucha a un millar de aspirantes, y selecciona aproximadamente una tercera parte.

Pueden tocar en los pasillos, pero no en los andenes ni tampoco a bordo de los vagones, aunque esta última regla es violada muy a menudo por otros músicos sin permiso.

– «Es fabulosa» –

Jadelot se presentó a la selección de la RATP el año pasado, y sus composiciones le permitieron ganar un permiso rápidamente.

La artista se viste con un vestido blanco de novia que le prestó una amiga, un detalle que seguramente contribuirá a su éxito.

«Es fabulosa, con su vestido de novia y su sonrisa encantadora», confiesa Cherif Medouni, un profesor que le dedica a menudo unos minutos a estos músicos ambulantes.

El jurado de la RATP no descarta ningún instrumento, asegura Stella Sainson, responsable de otorgar el preciado título de «Músico del Metro».

«Aunque algunos son difíciles, como el yembe, que resuena con fuerza» en los pasillos del metro, reconoce.

Arnaud Moyencourt se ha ganado el derecho a tocar el organillo en el metro desde 1992. «Representa el París de toda la vida», indica Sofia Tondinelli, miembro del jurado. «Yo me pararía sin dudarlo para escucharlo», añade.

Camille Millian optó por cambiar por versionear a la fallecida estrella del soul estadounidense Whitney Houston para renovar su permiso. «El metro es uno de mis lugares preferidos», indica.

Riana Rabe se presentó al concurso por segunda vez, con una interpretación melodiosa de una canción de la película «Mulan», de Disney, y otra del grupo Radiohead, equipada con un ukelele eléctrico.

«La gente siempre me ha intimidado, pero ahora descubrió que puede ser extremadamente amistosa», explica.

– Futuras estrellas –

La violinista ucraniana Anna Leonid Byulaj se ganó el permiso con una interpretación que incluye saltos, mientras que Hugo Vaxelaire deleitó al jurado con su nyckelharpa, el instrumento nacional sueco, similar a una vihuela de arco.

Otros no tuvieron tanta suerte, como otro intérprete poco virtuoso de ukelele, y un violinista chino de 28 años con grandes gafas y demasiada timidez.

«Cantar en el metro es muy bonito, pero a veces también es complicado porque la gente está inmersa en sus cavilaciones. Hay que saber captar la atención de los viajeros», explica Tondinelli.

Algunos músicos ambulantes lograron incluso saltar a la fama, como la cantante Zaz, de aires folk, el acordeonista Claudio Capeo y el grupo pop, que pasó por la versión francesa del concurso musical televisivo «La Voz».

Pero esas son las excepciones de un oficio que no es bien pagado.

“Si tienes un buen día te puedes sacar 25 euros (27 dólares)”, revela Jadelo