
En una de las esquinas más emblemáticas del sector Gascue, en el Distrito Nacional, se resiste al tiempo una antigua casona construida en un solar de 13,542 metros cuadrados en la calle Pasteur esquina avenida Independencia. Abandonada e invadida por el paso de los años, guarda en sus paredes parte de la historial social y cultural del país.
Se trata de la que fue residencia de una reconocida e influyente familia en la época de Trujillo, que encabezó Porfirio Herrera Velásquez, padre de Porfirio Herrera Báez, quien fue secretario de Relaciones Exteriores.
- En la actualidad, el inmueble está en litis judicial, de acuerdo con vecinos y conocidos del tema. Diario Libre indagó la propiedad del solar marcado con el número 12-A-2, Porción E-1, DC 01 a nombre de Irene Báez de Herrera y Porfirio Herrera.
Es una edificación con un llamativo diseño arquitectónico y amplio patio en una zona de Gascue, que durante los años 30 y 40 era el epicentro residencial de la élite política y económica del país.
En aquellos años, el sector estaba compuesto por grandes mansiones de familias influyentes, empresarios e importadores nacionales y europeos que establecieron en la zona un estilo de vida distinguido. Las viviendas se caracterizaban por sus amplios jardines, verjas altas y arquitectura imponente, reflejo del poder y la estabilidad económica de sus propietarios.
Luego de la caída del régimen de Trujillo en 1961, muchos funcionarios abandonaron el país precipitadamente, dejando atrás propiedades que, en algunos casos, quedaron en el limbo legal o fueron adquiridas en condiciones poco claras.
Onorio Montás, un viejo fotógrafo y conocedor de la historia reciente de la ciudad, cuenta que después de la familia Herrera, el inmueble fue adquirido por el empresario italiano Ciro Casella, quien transformó la planta baja en el reconocido Restaurant Da Ciro, uno de los referentes de la gastronomía en la capital durante la década de 1970.
Asegura que era amigo de Casella y de su esposa Anna. El establecimiento se convirtió en punto de reunión de figuras políticas, intelectuales y sociales de la época como reinas de belleza. Compartía protagonismo con otros restaurantes icónicos como Vesuvio, en una ciudad que comenzaba a diversificar su oferta culinaria y cultural.
Narra que años después el empresario italiano vendió el inmueble supuestamente a un empresario haitiano, mediante una negociación rodeada de alegadas irregularidades, lo que contribuyó al estado de indefinición legal de la propiedad.
“Ciro abandonó el negocio, no sé por qué, realmente en esa época yo me alejé un poco de él, pero recuerdo que ahí nos reuníamos un grupo importante como (Víctor) Gómez Bergés, que era canciller, yo que trabajaba en Turismo con Miolán en el 69, era asistente y otras personalidades”, cuenta Montás.
El Domínico-Americano: un espacio de apertura
Durante años, la casona albergó al Instituto Cultural Domínico-Americano, institución clave en la enseñanza del inglés y en la promoción de intercambio cultural, que tuvo su primer local en la calle Mercedes de la Ciudad Colonial para el año 1947.
Más allá de su función académica, el lugar se convirtió en un punto de encuentro para sectores que buscaban espacios de pensamiento más abierto en medio de un contexto político restrictivo como la dictadura.
Allí se formaron generaciones de dominicanos, y también se entrelazaron historias personales, como la de los padres de Carl Frederick Arthur Nemesio Sonny Rojas, quienes se conocieron en sus aulas.
Su madre, María Purificación Candelaria Rojas, era una estudiante de derecho a la que el régimen de Trujillo le prohibió, junto a otros compañeros, continuar sus estudios en la Universidad de Santo Domingo por ser organizadora, junto con Marilú Saorín, de la Juventud Democrática en contra de la dictadura y para no perder el tiempo se inscribió en el Domínico-Americano a estudiar inglés.
Allí conoció a Leo Sonny (el Rubio), un apuesto militar de la aviación dominicana de descendencia finlandesa, que se flechó con su madre, que vivía sola en Ciudad Nueva.
“Según me contaba mi papá, que él vio una joven bellísima, se enamoró al momento y, en búsqueda de cómo hacer para poder hablar con ella, agarró los libros que él llevaba y los dejó caer y haciéndose el loco para emparejar la cuenta con ella, le puso conversación, ella le contestó, se fueron caminando, así se conocieron”, narra.
Sonny Rojas, que también dice ser descendiente de Benigno Filomeno de Rojas y Ulises Francisco Espaillat, lamenta que el lugar donde nació el vínculo que le dio la vida, esté abandonado.
“Primero porque es un inmueble precioso, una mansión gigantesca y bien podría tener uso como una escuela especial, como un centro de arte, como un museo. O sea, tiene una capacidad”.
