En febrero de 2026, cuando la República Dominicana sufrió su segundo apagón general en menos de cuatro meses, el Teleférico de Santo Domingo quedó paralizado. Para aliviar la situación, se dispuso un servicio de autobuses gratuitos de la Operadora Metropolitana de Servicios de Autobuses (OMSA) que trasladara a los usuarios atrapados por la interrupción.

La imagen tenía algo de metáfora. La OMSA, que durante años aspiró a ser el eje del transporte público, aparecía ahora como un sistema de respaldo: el recurso al que se recurre cuando los demás fallan.

En las últimas dos décadas, el operador estatal pasó de proyectarse como el gran articulador del transporte urbano a ocupar un espacio cada vez más estrecho dentro del mosaico de movilidad del Gran Santo Domingo. Hoy comparte las calles con choferes tradicionales, corredores privados, nuevos proyectos estatales, el Metro y el Teleférico.

Esperando la guagua

Son las diez de la mañana en la intersección de la Prolongación 27 de Febrero con la avenida Los Beisbolistas.

En una parada de metal, marcada con la ruta C1–Las Caobasseis personas esperan el próximo autobús de la OMSA. El sol cae con esa paciencia inmóvil de media mañana.

Frente a la caseta hay dos guaguas detenidas. Sus cobradores anuncian el destino casi por rutina:

—Pintura, Duarte, 27 derecho.

Una mujer comenta que la OMSA «dura mucho«, pero nadie se decide por las llamadas voladoras, que cobran 40 pesos por pasajero. Una señora aprieta entre los dedos los 15 pesos del pasaje de la OMSA, como si se tratara de un pequeño pacto con el bolsillo.

Al cabo de unos minutos aparece el autobús.

Llega con un aire cansado: pintura gastada, una de las puertas doblada. Los pasajeros suben casi en medio de la calle porque las guaguas impostoras no se mueven de la parada.

Antes de arrancar, el conductor anuncia la primera modificación del viaje:

—Llegamos hasta el Huacalito.

No hasta el Hipódromo, como indicaba la ruta.

Al cruzar la rueda metálica que divide a quienes ya pagaron de quienes no, los pasajeros descubren otra sorpresa: el piso y varios asientos están llenos de agua. Nadie pregunta por qué. Cada cual busca la silla menos mojada.

—¡Diablo! Llueve adentro y escampa afuera —dice un hombre—. Tanto impuesto que pagamos y tanto que nos roban esos «marditos» políticos.

Un pasajero le responde con calma:

—El problema no son ellos. Somos nosotros, que los seguimos eligiendo.

El autobús arranca con el gruñido del motor. Dentro se mezclan olores a sudor, humedad y goma quemada. Uno de los vidrios de la ventana vibra con cada bache como si estuviera a punto de desprenderse.

La guagua termina llena: 33 personas sentadas y varias más de pie.

—Esta guagua no le deja al Gobierno —dice una señora—. Las que van al Metro cobran 35 y estas 15.

Cuenta que mientras esperaba pasaron tres autobuses rumbo al Teleférico.

—Esas sí sirven más. Con 35 pesos tú haces transfer y cruzas media capital.

A su lado, una joven intenta darse aire con la mano. El calor se acumula lentamente dentro del vehículo.

Atrás quedaron los años en que bastaba tirar de una cuerda para avisar la parada. Ahora hay que alzar la voz.

—¡En la paradachofer!

De lo contrario, uno puede terminar varias esquinas más allá.

Desde el asiento delantero, el conductor grita:

—¡Voceen la parada, que uno la oiga aquí adelante!

Pero el mensaje no llega a un señor mayor que intenta avisar varias veces sin éxito.

Cuando el autobús pasa de largo por su destino, el hombre estalla:

—¡En la Delgado, azaroso!

La cobradora se irrita. Dice que seguirá trabajando en la OMSA hasta el día en que un pasajero se «pase» con ella.

—Hablen como la gente, no como animales.

Un joven le responde desde atrás:

—Si usted quiere respeto, tiene que respetar.

La discusión se pierde pronto en el traqueteo del motor.