Mujica deja un legado de humildad, coherencia política y un profundo amor por la tierra y la vida sencilla
José «Pepe» Mujica, expresidente uruguayo y una de las figuras más queridas de la izquierda latinoamericana, será cremado y sus cenizas enterradas en su chacra, a las afueras de Montevideo, cumpliendo así su último deseo.
El lugar elegido queda junto a la tumba de su perra ‘Manuela’, una mascota de tres patas que lo acompañó durante años y con la que se convirtió en símbolo de su vida austera.
«Mi futuro destino está abajo de ese escollo, donde está enterrada Manuela. Cuando me muera me van a quemar y me van a enterrar ahí», expresó Mujica en vida, en una de sus últimas entrevistas.
El exmandatario falleció este martes a los 89 años tras una larga batalla contra un cáncer de esófago. En enero de este año, él mismo reveló que la enfermedad se había extendido a su hígado y que no podía someterse a tratamientos agresivos debido a su edad y condiciones crónicas de salud. «Estoy condenado, hermano. Hasta acá llegué», dijo entonces con su habitual franqueza.
La noticia de su muerte fue confirmada por el presidente Yamandú Orsi y su esposa, la exvicepresidenta Lucía Topolansky, quienes ya habían adelantado el delicado estado de salud del exjefe de Estado a mediados de mayo.
Mujica deja un legado de humildad, coherencia política y un profundo amor por la tierra y la vida sencilla. Su deseo final de descansar junto a Manuela es testimonio de la forma en la que vivió: fiel a sus convicciones y afectos, incluso después de la muerte.
Símbolo mundial
Mujica rechazó el lujo del cargo. Donó gran parte de su salario, vivió en su chacra en las afueras de Montevideo y condujo su viejo Volkswagen, «Cepillo» en República Dominicana.
Esa coherencia entre discurso y estilo de vida lo convirtió en un símbolo mundial de la política austera y honesta. Pero más allá de la imagen, Mujica implementó medidas que redefinieron el rumbo de Uruguay.
