Entre los muchos casos que ha manejado como terapeuta ocupacional, María Mercedes Cuevas recuerda de manera especial a una niña que no podía participar y jugar en el recreo en su colegio porque sentía miedo de actividades que involucraran movimiento.

“Tenía miedo de correr, subir en columpios y saltar -cuenta Cuevas-, por lo que se estaba aislando de sus compañeros y cada vez sentía menos confianza en sí misma”.

Luego de asistir a terapia ocupacional, en una intervención que se basó en la técnica conocida como integración sensorial, cambió la manera en que la niña percibía los estímulos sensoriales relacionados con el movimiento.

“Empezó a mostrar que, al igual que cualquier otro niño de su edad, sí tenía deseos de jugar en el patio y compartir con el resto de sus compañeros”, refiere la especialista.

La experiencia de esta pequeña muestra cómo la terapia ocupacional contribuye a mejorar la vida de una persona al devolverle (o, en el caso de los niños, ayudarle a desarrollar) la capacidad de participar plenamente de sus actividades cotidianas.